Es que no sé qué hacer con mi conducta. ¿Le han pasado por la mente estas palabras? La verdad es que sí sabemos qué hacer, con la ayuda de Cristo, pero no queremos cambiar.
Las tormentas de la vida pueden hacernos sentir inseguros de nuestra dirección. Los discípulos sabían que estaban en el mar de Galilea, dirigiéndose a Genesaret, pero en medio del fuerte viento no podían determinar su dirección ni a qué distancia estaba la costa.
Nuestra cultura se está acostumbrando al mal. Vivimos en una sociedad mala, e incluso quienes somos creyentes nos estamos acostumbrando tanto al mal que no nos sentimos escandalizados ni avergonzados por lo que nos rodea.
Había una vez un rey muy triste que tenía un sirviente muy feliz. Todas las mañanas llegaba a traer el desayuno y despertaba al rey cantando y tarareando alegres canciones de juglares. Una sonrisa se dibujaba en su distendida cara y su actitud para con la vida era siempre serena y alegre. Un día el rey lo mandó a llamar.
Nuestras palabras son una herramienta para hacer mucho bien. Podemos hablar a nuestro Padre celestial en favor de nosotros mismos o de los demás; podemos hablar la Verdad de Jesucristo y cantarle alabanzas; podemos capacitar, animar y advertir; y podemos expresarnos amor unos a otros.
¿Cuándo fue la última vez que sintió la presencia de Dios en su vida? No me refiero al reconocimiento intelectual del hecho de que Dios está con usted porque Él está en todas partes, sino a la sincera toma de conciencia de que Dios está morando en usted de una manera íntima, personal.